jueves, 12 de enero de 2012

La verdadera entrega



Aterido, calado hasta los huesos, con un humor de mil demonios, y los primeros síntomas de una terrible jaqueca debida, sin duda, al abuso del alcohol, caminaba, maldiciendo entre dientes, por la oscura calle que me conducía a mi triste casa.
Una vez más no habían derrotado; una vez más nos había humillado, y en nuestro propio campo. Una vez más se habían roto todas las ilusiones de poder sacar pecho al día siguiente y gritar nuestra rabia a los cuatro vientos.
Una vez más había que esconder camisetas, banderines y bufandas porque el eterno rival nos había aplastado como un rodillo.

Y una vez más habíamos tratado de ahogar nuestras penas en alcohol… pero las muy hijas de puta flotaban mejor que cualquier barquito de jodido papel.
Y así, mareado y refunfuñando entre dientes, deseando llegar a casa y caer en mi cama para olvidar mi vida de mierda, avanzaba hasta darme casi de bruces con ella.
Al principio ni la vi, entre la espesura de la niebla y la pérdida de capacidad visual que arrastraba en aquel momento, pero al llegar a las escaleras que conducían a mi casa, allí estaba ella, sentada, acurrucada como un osito de peluche, empapada por la lluvia, aterida de frio y con cara de llevar allí un buen rato esperando.
- ¿Qué haces aquí?
- Hola mi Señor. Me enteré del resultado del partido y supuse que estaría usted mal.
- ¿Y eso a ti eso que cojones te importa?. Yo ya no soy tu Amo, ¿recuerdas?
- Perfectamente Señor, pero eso no es impedimento para que yo siga siendo su esclava. 
- Yo no necesito ninguna esclava, lo que necesito es un baño caliente e irme a dormir.
- Le he traído algo de cenar. Un caldo y empanada, aunque se han quedado fríos. Tendré que calentárselos.
- ¿Cuánto tiempo llevas ahí, sentada?
- Más de dos horas, mi Señor.  - Estás horrible, ¿lo sabías?. Anda, pasa y sécate un poco, no quiero tener sobre mi conciencia el que te mueras de una pulmonía.
- Gracias mi Señor, detrás de usted.
La miré a los ojos para cerciorarme de que no trataba de jugarme una mala pasada. Uno nunca puede fiarse de una mujer dolida, y seguro que ella tenía motivos para estarlo. Pero en sus ojos sólo vi mansedumbre y entrega, y un brillo especial cuando le permití entrar de nuevo en mi casa.
Entramos en silencio y tuve que insistir en que se secara antes de calentarme la cena, pues ella consideraba que mi bienestar estaba por delante de su salud.
- He dicho que vayas al baño y te seques bien seca mientras yo enciendo la estufa, y no me discutas.
- Pero es que solo tengo esta ropa, Señor.
- Puedes coger mi albornoz. Quizás no esté demasiado limpio, pero te abrigará.

- Muchas gracias, mi Señor. Haré lo que usted me pida.
La vi avanzar por el pasillo, dejando huellas de agua en el suelo, y un antiguo sentimiento de protección se despertó de nuevo en mí, aunque traté de arrinconarlo de inmediato.
Encendí la estufa de leña y puse a calentar el caldo que, afortunadamente, daría para los dos, pues los dos necesitábamos calentar nuestros congelados cuerpos.
  Apenas había colocado la mesa y sacado una botella de vino, cuando apareció en la puerta, envuelta en mi albornoz y secándose el pelo. Esa era una de las cosas que más me gustaban de las sumisas, que no pierden el tiempo en el baño cuando creen ser más necesarias en otro lugar.
- ¿Pero que hace, Señor?. Déjeme a mí eso, y usted vaya a secarse y a cambiarse de ropa, que esto es cosa mía.
- No soy ningún inútil, contesté
- Perdón Señor, no quería ofenderle… es sólo que yo estoy aquí para servirle, no para ser servida.
- Está bien, voy a darme un baño. Haz lo que quieras.
Despacio me encaminé al cuarto de baño, y una vez allí, decidí que una ducha no era suficiente, así que abrí el grifo de la bañera y dejé correr el agua mientras me desnudaba y veía, con cierto espanto, a ese desconocido que me miraba desde el espejo.Ciertamente ya no era joven. La vida iba dejando sus marcas en mi rostro, y el cansancio y la negrura de mi alma se reflejaban en mi cara dándome el aspecto de un viejo prematuro.
Me metí en la bañera sintiendo la caricia del agua caliente sobre mi piel. Cerré los ojos y me dejé llevar por la memoria hacia tiempos pretéritos donde todo era más alegre, más cristalino, con colores y aromas más intensos.
Ni siquiera la oí entrar, pero si noté la delicadeza de sus manos al recorrer mi cuerpo con una esponja, masajeando mis doloridos músculos. Dejé que me frotara el cuerpo, que me lavara el cabello, incluso que afeitara mi cara…
Me puse en sus manos porque sabía que eran manos expertas capaces de hacer que me sintiera mejor.

Con el agua aún tibia, me acercó un tazón de caldo caliente que bebí con ansiedad, consiguiendo que el calor interno se fundiera con el calor que sentía en mi piel.Dejé que peinara mis cabellos y que me sacara de la bañera para secarme despacio y concienzudamente cada recoveco de mi cuerpo, sin olvidar ninguno.
Acto seguido, se quitó el albornoz y me lo puso, quedándose completamente desnuda ante mí. 

Pude observar que su cuerpo ya no era joven tampoco, y que su piel había perdido la tersura de antaño. Aún así, lo llevaba limpio y rasurado como a mí me gustaba, con su pelo largo y de un tostado azabache recogido en una coleta alta, semejante a las crines de una hermosa yegua negra. - ¿Desea algo más, mi Señor?
- Si, acompáñame a la habitación.
Dócilmente siguió mis pasos hasta mi habitación, donde la cama estaba recién hecha y mi ropa ya estaba recogida y doblada sobre la cómoda. 
Al entrar se adelantó y abrió el lecho por el lado izquierdo, que era el que yo siempre ocupaba. 
Deje caer el albornoz, y desnudo me introduje en la cama. Ella, solícita, se tumbó en la alfombrilla que había en el suelo, a mi lado.
- Ven, métete en la cama conmigo.

Podría intentarlo, pero sería en vano, pues jamás conseguirá expresar el brillo de felicidad que, como un foco de alta potencia, iluminó sus ojos en aquel momento.
Se metió en la cama a mi lado, y bajando la vista, me preguntó:
- ¿Desea mi Señor que haga algo para que pueda dormir más tranquilo? ¿O desea usar a su esclava para relajarse?
- No… sólo, abrázame.
 Y así, abrazados, con su cabeza sobre mi pecho y su cuerpo dándome calor, mientras escuchaba en la oscuridad su respiración feliz y acompasada, me di cuenta, una vez más, de que la entrega, la verdadera entrega, no tiene por que estar siempre relacionada con el sexo.
Porque allí, en aquella densa oscuridad, simplemente teniéndola acurrucada entre mis brazos, la sentí más mía que nunca.
Aquella noche dormí como el más feliz de los hombres…, y a la mañana siguiente, al despertarme, pude sentir el calor de su cuerpo…

Y decidí entonces que no era tan viejo como pensaba, y que la vida no era tan negra como yo creía, y que aún había una oportunidad de ser feliz, y que aún me quedaba mucho por vivir a su lado…, al lado de MI verdadera esclava.

Un hermoso relato que encontré en el blog de un Dominante "La mansión de Sayiid" y que generosamente me ha autorizado a publicar. Es que me encantó.


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